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La flecha envenenada

Una reveladora metáfora budista, de significados múltiples y profundos. Especialmente recomendado para los que pasamos el día dando vueltas a las preocupaciones.

Gautama Buda le contó esta historia a un discípulo que se mostraba impaciente por escuchar del maestro las respuestas a las “14 preguntas sin respuesta” relacionadas con cuestiones metafísicas como la vida después de la muerte.
“Hubo una vez un hombre que fue herido por una flecha envenenada. 
 
Sus familiares y amigos querían procurarle un médico, pero el enfermo se negaba, diciendo que antes quería saber el nombre del hombre que lo había herido, la casta a la que pertenecía y su lugar de origen. 
 
Quería saber también si ese hombre era alto, fuerte, tenía la tez clara u oscura y también deseba conocer con qué tipo de arco le había disparado, y si la cuerda del arco estaba hecha de bambú, de cáñamo o de seda. 
 
Decía que quería saber si la pluma de la flecha provenía de un halcón, de un buitre o de un pavo real… 
 
Y preguntándose si el arco que había sido usado para dispararle era un arco común, uno curvo o uno de adelfa y todo tipo de información similar, el hombre murió sin saber las respuestas”.
Al leer la parábola la primera idea que nos viene a la mente es que la actitud del hombre herido es absurda y necia. Sin embargo, Buda nos está diciendo que todos nos comportamos de la misma manera sin darnos cuenta.
De cierta forma, todos estamos heridos con esa flecha envenenada ya que, antes o después, moriremos. Sin embargo, vivimos sin ser plenamente conscientes de nuestra mortalidad, por lo que a menudo le damos una importancia excesiva a cosas intrascendentes que nos impiden disfrutar del presente sumiéndonos en un estado de preocupación innecesario.

Aquí tienes el original, en el que Jennifer Delgado elabora algunas conclusiones más.

Dejar la ilusión de control

Esta hermosa animación nos muestra una pequeña historia sobre un monje budista tibetano en entrenamiento llamado Dechen.

El niño es un apasionado por la jardinería y una noche de tormenta rescata una hermosa flor, la cual planta en una maceta y lleva al monasterio. Sin embargo, a pesar de su cuidado y preocupación, la flor inexplicablemente comienza a deshojarse y perecer.

No os desvelamos cómo acaba para que lo disfrutéis, simplemente que sepáis que tiene que ver con el apego y la ilusión de control.

 

El viaje a Ítaca

Uno de los poemas más bellos y profundos de Kavafis sobre el destino y el caminoYa habíamos publicado hace tiempo una deliciosa versión en comic.

En realidad es un aperitivo de una nueva iniciativa que vamos a lanzar en breve. ¿Qué crees que será? 😉

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Kavafis. Antología poética.
Alianza Editorial, Madrid 1999.

Si te quedas con ganas de más, aquí tienes otros poemas sobre el mismo tema

¿Te atreves a soñar?

Brillante infografía sobre la zona de confort. Habría que matizar que si vamos demasiado lejos demasiado pronto en la zona de aprendizaje salimos a la zona de pánico y de frustración. Esto es importante para modular el reto y evitar que el aprendizaje se convierta en bloqueo y rechazo.

Por lo demás, es una gran manera de contar algunos conceptos clásicos e importantes. ¡Atrévete a soñar!

El poder de la incertidumbre

Muy oportuno artículo de Francesc Miralles en El País Semanal. Especialmente dedicado a quienes nos gusta “controlar” las cosas.

Algunos extractos:

  • “Lo sorprendente no es la magnitud de nuestros errores de predicción, sino la falta de conciencia que tenemos de ellos. Y esto es aún más preocupante cuando nos metemos en conflictos mortales; las guerras son fundamentalmente imprevisibles. Debido a esta falta de comprensión de las cadenas causales entre la política y las acciones, es fácil que provoquemos “cisnes negros” (hechos sin precedentes, con consecuencias graves y que todos explican a posteriori, como el 11-M) gracias a la ignorancia agresiva, como el niño que juega con un kit de química” – Nassim Nicholas Taleb
  • Los seres humanos tienen una asombrosa capacidad para olvidar que una de las pocas certezas con las que pueden contar a lo largo de la vida es que ésta va cambiando. La única certeza es que todo cambia.
  • El ser humano se aferra de forma natural al mundo conocido, a lo previsible. A medida que nos convertimos en adultos, solemos hacer las mismas cosas y esperamos resultados que nos son familiares. Esto nos produce una sensación de control que aporta calma, aunque ya haga tiempo que estemos aburridos con nuestra vida.

Añado otra reflexión:

  • Cuando algo inesperado o juzgado como “malo” nos arranca de nuestra “controlada” existencia sentimos dolor psicológico. Esto se debe no al hecho objetivo, sino a nuestro apego a lo que ya creíamos “nuestro”, “bueno”, o “controlado”. Es nuestro apego a cosas, personas, hábitos, entornos, o a nosotros mismos lo que nos hace sufrir.

También se recoge la fábula oriental del caballo de la fortuna:

Un día, el caballo de un campesino se escapó. Su vecino le dijo: “¡Qué mala suerte has tenido!”. El granjero le respondió: “Quizás”.

Al día siguiente, el animal regresó acompañado de cinco yeguas. El hombre volvió y le felicitó: “¡Qué buena suerte has tenido!”. El dueño replicó: “Quizás”.

Poco después, el hijo del campesino, que solía montar a caballo, se cayó y se rompió una pierna. El amigo le comentó: “¡Qué mala suerte has tenido!”. Este contestó: “Quizás”.

Al día siguiente llegaron unos oficiales del Ejército para reclutar al muchacho y luchar en la guerra, pero no pudieron llevárselo porque tenía la pierna rota. Entonces el vecino exclamó: “¡Qué buena suerte has tenido!”. El padre repitió: “Quizás”.

 

Ausencia de halagos

¿Cuántas veces eres criticado a lo largo de la semana y cuántas felicitado? ¿Tu entorno equilibra el feedback negativo con el positivo o sólo te dicen lo que está mal? ¿Cómo afecta eso a tu autoestima y motivación?

Por mi experiencia el halago hoy en día resulta escaso e incluso sospechoso. Huele a manipulación o adulación. Al mismo tiempo, una de las quejas más frecuentes de los profesionales es que no reciben halagos cuando trabajan bien, sólo críticas destructivas. Y justamente el reconociemiento (adecuado, oportuno y sincero) es un combustible tremendo para la motivación. ¡Y además es grátis!

Desde el otro lado del espejo (el más interesante) ¿qué proporción de mensajes positivos vs. negativos damos nosotros a nuestros hijos, compañeros, colaboradores…? Prueba a reconocer y halagar con naturalidad y sinceridad, verás el efecto que tiene en las personas… y en tí mismo.

De manera serendipituosa he caído en un brillante y muy oportuno artículo de Ferrán Ramón-Cortés en El País Semanal, referente a la sequía de halagos que predomina en las empresas y relaciones personales.

Algunos extractos:

  • Cuando algo no nos gusta de otro, cuando ha hecho algo mal, sentimos la necesidad de decírselo. Y si ocupamos una posición de poder, esta necesidad se convierte en una responsabilidad más de nuestro trabajo. Sin embargo, cuando las cosas salen bien, cuando estamos contentos del trabajo de alguien o nos gusta especialmente algo de su manera de hacer las cosas, nos cuesta muchísimo decírselo. Nos parece innecesario y hasta contraproducente. Como le oí decir a un alto ejecutivo a propósito del excelente trabajo de un subordinado, “mejor no decírselo, que se lo cree y se relaja”.
  • La persona que solo recibe crítica en lo que hace acaba creyendo que hace las cosas mal, y que no es bueno en su trabajo. Acaba perdiendo la autoestima.
  • Es bueno halagar generosamente a los demás cuando lo merecen, como es bueno saber recibir y disfrutar de un halago merecido. Ambos comportamientos son signo de seguridad interna. Lo que no es bueno en absoluto es llegar a depender de los halagos de los demás, ya que ello nos hace terriblemente vulnerables.

 

La gente que me gusta – Mario Benedetti

Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad.

Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite huir de los consejos sensatos dejando las soluciones en manos de nuestro padre Dios.

Me gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradecido de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio.

Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, pero sin lastimarme ni herirme. La gente que tiene tacto.

Me gusta la gente que posee sentido de la justicia. A éstos los llamo mis amigos.

Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la predica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor. La gente que nunca deja de ser aniñada.

Me gusta la gente que con su energía, contagia.

Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos razonables a las decisiones de cualquiera.

Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.

Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza en reconocer que se equivocó o que no sabe algo. La gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos. La gente que lucha contra adversidades.

Me gusta la gente que busca soluciones.

Me gusta la gente que piensa y medita internamente. La gente que valora a sus semejantes no por un estereotipo social ni cómo lucen. La gente que no juzga ni deja que otros juzguen.

Me gusta la gente que tiene personalidad.

Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón.

La sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegría, la humildad, la fe, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduría, los sueños, el arrepentimiento y el amor para los demás y propio son cosas fundamentales para llamarse gente.

Con gente como ésa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuido.